miércoles, 31 de marzo de 2010




me siento a la interperie, me siento materia prima
estoy en la flor de mi vida
¡vámos a hacer algo de música, algo de dinero, busquemos modelos como esposas!
me mudaré a Paris, me inyectaré heroina y cogeré con las estrellas
contigo, la isla, la cocaina y los autos elegantes.


esta es nuetra desición, la de vivir rápido y morir jóvenes
tenemos la visión, ahora divirtamonos un poco
si, es abrumador, pero ¿qué más podemos hacer?
¿conseguir empleos en oficinas y levantarnos a la misma hora todas las mañanas?

olvidémonos de nuestras madres, de nuestros amigos
nosotros estámos destinados a fingir
extranaré los parques de juegos, los animales y las lombrices escavadoras
extrañaré lo reconfortante de estar con mi madre y el peso del mundo
extrañaré a mi hermana, a mi perro y a mi casa
si, extrañaré el aburrimiento y la libertad y el tiempo que pasé solo

pero realmente no hay nada, nada que podamos hacer
el amor debería ser olvidado, la vida puede empezar de nuevo
las modelos tendrán hijos, nos divorciaremos, encontraremos a otras modelos,
todo debería seguir en ese rumbo

nos ahogaremos en nuestro propio vómito y ese será el fin
nosotros estamos destinados a fingir


voy caminando
voy caminando
voy caminando
voy caminando
una banca
me siento
saco
miro
prendo
aspiro
colores
sonidos
lugares






¡QUE BESTIA DE LOCURA!






¡ja ja ja!
(en esta foto, de izquierda a derecha: Renzo, Ignasio y Victor)

martes, 30 de marzo de 2010


En aquel tiempo yo tenía veinte años
y estaba loco.
Había perdido un país
pero había ganado un sueño.
Y si tenía ese sueño
lo demás no importaba.
Ni trabajar ni rezar
ni estudiar en la madrugada
junto a los perros románticos.
Y el sueño vive en el vacío de mi espíritu.
Una habitación de madera,
en penumbras,
en uno de los pulmones del trópico.
Y a veces me volvía dentro de mí
y visitaba el sueño: estatua eternizada
en pensamientos líquidos,
un gusano blanco retorciéndose
en el amor.
Un amor desbocado.
Un sueño dentro de otro sueño.
Y la pesadilla me decía: crecerás.
Dejarás atrás las imágenes del dolor y del laberinto
y olvidarás.
Pero en aquel tiempo crecer hubiera sido un crimen.
Estoy aquí, dije, con los perros románticos
y aquí me voy a quedar.

lunes, 29 de marzo de 2010


Habia una vez Violet y Bernard
eran sólo ellos dos
todo era dorado
el era atractivo y muy buen criminal
viviamos a la luz del sol y en barras de chocolate
él podía escalar, trepar balcones, trepar lo que sea, hacer lo que sea por ella
¡Oh Bernard!
entraste a mi vida realmente rápido y me gustó,
pero Bernard, tu dijiste, lo prometiste, señalaste en el cielo
"aquella se llama Sirius o estrella del Perro",
pero aquí en La Tierra
Cuánto me encanta este zumbido en mis oídos
desde entonces solo hay una cosa para amar y no puedes ser tú
Bernard el temerario
Violet no podía perderlo

Bien, dejé el lecho de muerte y salí del hospital. Conseguí un trabajo como encargado de almacén. Tenía los sábados y los domingos libres y un sábado hablé con Ann:

-Mira, nena, no tengo prisa por volver a ese hospital. Tendría que buscar algo que me apartara de la bebida. Hoy, por ejemplo, ¿qué se puede hacer sino emborracharse? El cine no me gusta. Los zoos son estúpidos. No podemos pasarnos todo el día jodiendo. Es un problema.

-¿Has ido alguna vez a un hipódromo?

-¿Qué es eso?

-Donde corren los caballos. Y tú apuestas.

-¿Hay algún hipódromo abierto hoy?

-Si.

-Vamos.

Ann me enseñó el camino. Faltaba una hora para la primera carrera y el aparcamiento estaba casi lleno. Tuvimos que aparcar a casi un kilómetro de la entrada.

-Parece que hay mucha gente -dije.

-Sí, la hay.

-¿Y qué haremos ahí dentro?

-Apostar a un caballo.

-¿A cuál?

-Al que quieras.

-¿Y se puede ganar dinero?

-A veces.

Pagamos la entrada y allí estaban los vendedores de periódicos diciéndonos:

-¡Lea aquí cuales son sus ganadores! ¿Le gusta el dinero? ¡Nosotros le ayudaremos a que lo gane!

Había una cabina con cuatro personas. Tres de ellas te vendían sus selecciones por cincuenta centavos, la otra por tres monedas. Ann me dijo que comprase dos programas y un folleto informativo. El folleto, me dijo, trae el historial de los caballos. Luego me explicó cómo tenía que hacer para apostar.

-¿Sirven aquí cerveza? -pregunté.

-Sí claro. Hay un bar.

Cuando entramos, resultó que los asientos estaban ocupados. Encontramos un banco atrás, donde había como una zona tipo parque, cogimos dos cervezas y abrimos el folleto. Era sólo un montón de números.

-Yo sólo apuesto a los nombres de los caballos -dijo ella.

-Bájate la falda. Están todos viéndote el culo.

-¡Oh! Perdona.

-Toma seis dólares. Será lo que apuestes hoy.

-Oh, Rod, eres todo corazón -dijo ella.

En fin, estudiamos todo detenidamente, quiero decir estudié, y tomamos otra cerveza y luego fuimos por debajo de la tribuna a primera fila de pista. Los caballos salían para la primera carrera. Con aquellos hombrecitos encima vestidos con aquellas camisas de seda tan brillantes. Algunos espectadores chillaban cosas a los jinetes, pero los jinetes les ignoraban. Ignoraban a los aficionados y parecían incluso un poco aburridos.

-Ese es Willie Shoemaker -dijo Ann, señalándome a uno. Willie Shoemaker parecía a punto de bostezar. Yo también estaba aburrido. Había demasiada gente y había algo en la gente que resultaba depresivo.

-Ahora vamos a apostar -dijo ella.

Le dije dónde nos veríamos después y me puse en una de las colas de dos dólares ganador. Todas las colas eran muy largas. Yo tenía la sensación de que la gente no quería apostar. Parecían inertes. Cogí mi boleto justo cuando el anunciador decía: «¡Están en la puerta!».

Encontré a Ann. Era una carrera de kilómetro y medio y nosotros estábamos en la línea de meta.

-Elegí a Colmillo Verde -le dije.

-Yo también -dijo ella.

Tenía la sensación de que ganaríamos. Con un nombre como aquél y la última carrera que había hecho, parecía seguro. Y con siete a uno. Salieron por la puerta y el anunciador empezó a llamarlos. Cuando llamó a Colmillo Verde, muy tarde, Ann gritó:

-¡COLMILLO VERDE!

Yo no podía ver nada. Había gente por todas partes. Dijeron más nombres y luego Ann empezó a saltar y a gritar:

¡COLMILLO VERDE! ¡COLMILLO VERDE!

Todos gritaban y saltaban. Yo no decía nada. Luego, llegaron los caballos.

-¿Quién ganó? -pregunté.

-No sé -dijo Ann-. Es emocionante, ¿eh?

-Sí.

Luego, pusieron los números. El favorito 7/5 había ganado, un 9/2 quedaba segundo y un 3 tercero.

Rompimos los boletos y volvimos a nuestro banco.

Miramos el folleto para la siguiente carrera.

-Apartémonos de la línea de meta para poder ver algo la próxima vez.

-De acuerdo -dijo Ann.

Tomamos un par de cervezas.

-Todo esto es estúpido -dije-. Esos locos saltando y gritando, cada uno a un caballo distinto. ¿Qué pasó con Colmillo Verde?

-No sé. Tenía un nombre tan bonito.

-Pero los caballos no saben cómo se llaman... El nombre no les hace correr.

-Estás enfadado porque perdiste la carrera. Hay muchas más carreras.

Tenía razón. Las había. Seguimos perdiendo. A medida que pasaban las carreras, la gente empezaba a parecer muy desgraciada, desesperada incluso. Parecían abrumados, hoscos. Tropezaban contigo, te empujaban, te pisaban y ni siquiera decían «perdón». O «lo siento».

Yo apostaba automáticamente, sólo porque ella estaba allí. Las seis monedas de Ann se acabaron al cabo de tres carreras y no le di más. Me di cuenta de que era muy difícil ganar. Escogieras el caballo que escogieras, ganaba otro. Yo ya no pensaba en las probabilidades.

En la carrera principal aposté por un caballo que se llamaba Claremount III. Había ganado su última carrera fácilmente y tenía un buen tanteo. Esta vez llevé a Ann cerca de la curva final. No tenía grandes esperanzas de ganar. Miré el tablero y Claremount III estaba 25 a uno. Terminé la cerveza y tiré el vaso de papel. Doblaron la curva y el anunciador dijo:

-¡Ahí viene Claremount III!

Y yo dije:

-¡Oh, no!

-¿Apostaste por él? -dijo Ann.

-Sí -dije yo.

Claremount pasó a los tres caballos que iban delante de él, y se distanció en lo que parecían unos seis largos. Completamente solo.

-Dios mío -dije-, lo conseguí.

-¡Oh, Rod! ¡Rod!

-Vamos a tomar un trago -dije.

Encontramos un bar y pedí. Pero esta vez no pedí cerveza. Pedí whisky.

-Apostamos por Claremount III -dijo Ann al del bar.

-¿Sí? -dijo él.

-Sí -dije yo, intentando parecer veterano. Aunque no sabía cómo eran los veteranos del hipódromo.

Me volví y miré el marcador. CLAREMOUNT se pagaba a 52,40.

-Creo que se puede ganar a este juego -le dije a Ann -. Sabes, si ganas una vez no es necesario que ganes todas las carreras. Una buena apuesta, o dos, pueden dejarte cubierto.

-Así es, así es -dijo Ann.

Le di dos dólares y luego abrimos el folleto. Me sentía confiado. Recorrí los caballos. Miré el tablero.

-Aquí está -dije-. LUCKY MAX. Está nueve a uno ahora. El que no apueste por Lucky Max es que está loco. Es sin duda el mejor y está nueve a uno. Esta gente es tonta.

Fuimos a recoger mis 52,40.

Luego fui a apostar por Lucky Max. Sólo por divertirme, hice dos boletos de dos dólares con él ganador.

Fue una carrera de kilómetro y medio, con un final de carga de caballería. Debía haber cinco caballos en el alambre. Esperamos la foto. Lucky Max era el número seis. Indicaron cuál era el primero:

6.

Oh Dios mío todopoderoso. LUCKY MAX.

Ann se puso loca y empezó a abrazarme y besarme y dar saltos.

También ella había apostado por él. Había alcanzado un diez a uno. Se pagaba 22,80 dólares. Le enseñé a Ann el boleto ganador extra. Lanzó un grito. Volvimos al bar. Aún servían. Conseguimos beber dos tragos antes de que cerraran.

-Dejemos que se despejen las colas -dije-. Ya cobraremos luego.

-¿Te gustan los caballos, Rod?

-Se puede -dije-, se puede ganar, no hay duda.

Y allí estábamos, bebidas frescas en la mano, viendo bajar a la multitud por el túnel camino del aparcamiento.

-Por amor de Dios -le dije a Ann-, súbete las medias. Pareces una lavandera.

-¡Uy! ¡Perdona!

Mientras se inclinaba, la miré y pensé, pronto podré permitirme algo un poquillo mejor que esto.

Jajá.

domingo, 28 de marzo de 2010


Si piensan que la entrevista que me hizo estuvo dura, tendrían que haber escuchado después... cuando los dos nos habíamos entonado un poco:

S: "Escuchame, si el mundo fuera a terminar en 15 minutos, ¿Qué harías? ¿Qué le dirías a la gente?"

R: "No les diría nada".

S: "¡MIRA, no estas cooperando! ¡Si el mundo se terminara en 15 minutos, quiero saber qué harías!"

R: "Me tiraría a descansar un rato, como ahora".

S: "¡Pero qué le dirías a la gente, hombre, LA GENTE!"

R: "Que lleven monedas para el colectivo".

Y lo más raro de todo es que si tú les dices la verdad, creen que no estás cooperando.

Carta (todavía no escrita)

hola: es tan lindo escuchar tu voz cada vez que me llamas. tienes la voz más bella del mundo. Muchas gracias por llamarme. me siento bien durante días y días después de hablar contigo. y pienso que te voy a ver de nuevo y eso me hace andar. a veces cuando me enfermo pienso en tí y me pongo bien. POR FAVOR TEN MUCHO CUIDADO AL CRUZAR LA CALLE. MIRA PARA LOS DOS LADOS. pienso en tí todo el tiempo y te amo más que al cielo o a las montañas o al mar o a nada ni nadie. por favor portate bien y sé feliz y no te preocupes por mí.



Sentada al borde de la cama, la muchacha
se despinta las uñas que se vuelven
color de la acetona, brillantes, inocentes,
color de que nada ha sucedido.
Está sola en un cuarto sin lámpara
Se ha frotado los labios que se vuelven
color de espejo roto.
Con un poco de crema y de nostalgia
se despinta los párpados, la voz
que se le espesa color del otro día.
Doblada como un cisne en el exilio
se despinta los senos, las pestañas,
las cejas que le inventan un arco de ilusión.
Está sola en un cuarto rodeada
por motas de algodón multicolores.
Triste como un cuadro de Renoir.
Cuando hala el cordón de la bombilla,
el mundo .se despinta por completo.

¿Así que quieres ser escritor?



si no te sale ardiendo de adentro,
a pesar de todo,
no lo hagas.
a no ser que salga espontáneamente de tu
corazón y de tu mente y de tu boca
y de tus tripas,
no lo hagas.
si tienes que sentarte durante horas
con la mirada fija en la pantalla del ordenador
o clavado en tu
máquina de escribir
buscando las palabras,
no lo hagas.
si lo haces por dinero o
fama,
no lo hagas.
si lo haces porque quieres
mujeres en tu cama,
no lo hagas.
si tienes que sentarte y
reescribirlo una y otra vez,
no lo hagas.
si te cansa sólo pensar en hacerlo,
no lo hagas.
si estás intentando escribir como cualquier
otro,
olvídalo.

si tienes que esperar a que salga rugiendo de
ti,
espera pacientemente.
si nunca sale rugiendo de ti,
haz otra cosa.

si primero tienes que leerlo a tu esposa
o a tu novia o a tu novio
o a tus padres o a cualquiera,
no estás preparado.

no seas como tantos escritores,
no seas como tantos miles de
personas que se llaman a sí mismos escritores,
no seas soso y aburrido y
pretencioso, no te consumas en tu
amor propio.
las bibliotecas del mundo
bostezan hasta
dormirse
con esa gente.
no seas uno de ellos.
no lo hagas.
a no ser que salga de tu
alma como un cohete,
a no ser que quedarte quieto pudiera
llevarte a la locura, al
suicidio o al asesinato,
no lo hagas.
a no ser que el sol dentro de ti
esté quemando tus tripas,
no lo hagas.

cuando sea verdaderamente el momento,
y si has sido elegido,
sucederá por sí solo y seguirá sucediendo
hasta que mueras o hasta que muera en ti.

no hay otro camino.

y nunca lo hubo.

He entrado en la tumba de naciones muertas, cabalgado con las últimas tribus salvajes.
Siento el brillo de cada instante, el esplendor de la existencia y su agudo filo como el de una navaja. Estoy desesperado por verte y tocarte y... Querido Harry, tu me enseñaste que
la vida debe arder con la mas inflamable llama: su luz no me ciega, ni calor me abrasa yo soy la flama Harry, yo soy la flama.