viernes, 30 de abril de 2010
para que te quedes en paz
me vestiré como tu sobrina
para lavar tus pies hinchados
solo no te vayas
no te vayas
no estoy viviendo
no estoy viviendo
solo estoy matando el tiempo
tus manos pequeñas
tu loca sonrisa de gatito
solo no te vayas
no te vayas
y el verdadero amor vive
en chupetines y en papas fritas
y el verdadero amor espera
en sótanos embrujados
solo no te vayas
no te vayas
lunes, 26 de abril de 2010

"Esquizofrenia" es solo un término generalizador para formas de comportamiento mental que no entendemos. En el siglo XIX existía un término llamado "melancolía". A lo que ahora llamaríamos bipolaridad y otro tipo de cosas. Pero todas las formas de tristeza, insatisfacción, mala adaptación... eran incluidas en éste término "melancolía". No tenemos una tradición de chamanismo. No tenemos una tradición que nos permita explorar estos mundos mentales. Nos aterroriza la locura y le tememos porque la mente occidental es frágil como un edificio de cartas y la gente que construyó este edificio lo sabe, le tienen miedo a la locura. El LSD es una sustancia psicodélica que ocasionalmente provoca locura en aquellos que no la han tomado. Apuesto que más gente ha exhibido actitudes demenciales no por tomar LSD, sino por solo haber pensado en ello; a diferencia de los que sí. La mente occidental se marea cuando sus principios son cuestionados. Es por eso que son raros los locos sin tratamiento en esta sociedad, porque no podemos ponernos de acuerdo con eso. Un chamán es alguien que nada en el mismo mar que un esquizofrénico. Pero un chamán tiene miles y miles de años de aprobación, técnica y tradición en las cuales caer en una sociedad aborige. Si exhíbes al pie de la letra estas tendencias esquizofrénicas eres inmediatamente sacado del montón y puesto bajo el cuidado y tutelado de maestros chamanes. Te dicen: "eres especial, tus habilidades son muy importantes para la salud de nuestra sociedad. Curarás, profetizarás y guiarás a nuestra sociedad en sus decisiones más fundamentales". En contraste con lo que le pasa con una persona esquizofrénica en nuestra sociedad. Les dicen: "No encajas, te estás convirtiendo en un problema. No cargas tu propio peso. No vales lo mismo que nosotros. Estás enfermo, tienes que ir a un hospital, te tenemos que internar. Estás junto con los prisioneros y los perros callejeros en nuestra sociedad". Ese tratamiento de la esquizofrenia la hace incurable. Imagina que fueras un poquito raro y la solución fuera encerrarte en un lugar donde todos están verdaderamente locos. Eso volvería loco a quien sea. Si alguna vez han ido a un manicomio sabrán que son lugares hechos para volverte loco y para mantenerte loco. Esto nunca sucedería en una sociedad tradicional o aborigen. La idea es que nos hemos enfermado. Por seguir un camino de racionalismo ilimitado, dominio masculino, atención a la parte superficial de las cosas, practicalidad y fines sin importar los medios. Nos hemos puesto muy muy enfermos; y la política del cuerpo, como cualquier otro cuerpo, cuando se siente enfermo empienza a producir anti-cuerpos o estrategias para sobreponerse a la enfermedad; y en el siglo XXI es un esfuerzo enorme de auto-curación. Fenómenos tan diversos como el surrealismo, perforación corporal, el uso de drogas psicodélicas, liberación sexual, el jazz, danza experimental, la cultura rave, los tatuajes, la lista es interminable, y ¿qué tienen en común todas estas cosas? representan diversos estilos de rechazo a los valores lineales. La sociedad está intentando curarse reviviendo lo arcaico, regresando a los valores arcaicos. Así que cuando veo gente manifestando ambigüedad sexual, haciendose cicatrices, enseñando mucha piel, bailando música sincopada, drogándose o violándo los cánones ordinarios del comportamiento sexual, yo aplaudo. Todo esto. Porque es un impulso para regresar a lo que pide el cuerpo, a lo que es auténtico, a lo que es arcaico; y cuando pones a un lado todos estos impulsos, en el centro de todos ellos existe este deseo de regresar a un mundo de mágica potencialización de los sentidos, y en el centro de esos impulsos está el chamán, drogado, intoxicado con plantas, hablando con los ayudantes espirituales, bailando a la luz de la luna y reviviendo e invocando un mundo consciente de misterio viviente. Eso es lo que el mundo es. El mundo no es un problema sin resolver para los científicos y los sociólogos, el mundo es un misterio viviente. Nuestro nacimiento, nuestra muerte, nuestro ser en el momento. Estos son misterios, son puertas abriéndose a facetas inimaginables de auto-exploración, potencialización y esperanza para la raza humana. Y nuestra cultura lo ha matado, nos lo ha quitado. Nos ha hecho consumidores de productos gastados e ideales gastadísimos. Tenemos que alejarnos de eso, y la manera de hacerlo es regresando a la experiencia auténtica del cuerpo, y eso significa explorarnos sexualmente, alterar nuestra conciencia y explorar la mente como una herramienta para la transformación personal y social. Es tarde, el reloj corre y seremos juzgados muy duro si dejamos caer la pelota. Somos los herederos de millones y millones de años de vidas exitosamente vividas y exitosas adaptaciones a las condiciones cambiantes del mundo natural. Ahora el reto pasa a nosotros, los vivos, para que aquellos que aún no nacen tengan un lugar donde poner sus pies y un cielo bajo el cual caminar. Y de eso se trata la experiencia psicodélica. De potenciar, construir y luchar por un futuro que honre el pasado, que honre el planeta y que honre el poder de la imaginación humana; porque no hay nada tan poderoso, tan capaz de transformar y transformarse a sí mísmo como la imaginación humana. Así que no la vendamos, no nos subordinemos ante ideologías mediocres. No le demos el poder a una minoría. En vez de eso reclama tu lugar bajo el sol y camina hacia la luz. Las herramientas están ahi. El camino es conocido. Simplemente tienes que darle la espalda a una cultura que se ha vuelto estéril y que ha muerto, y unirte al programa de un mundo viviente y un revivir de la imaginación.
domingo, 25 de abril de 2010
miércoles, 21 de abril de 2010
a Victor
( Paisaje: cuando el espíritu se desvanece aparece la forma )Llevamos tiempo, ya, desde que comenzamos a fumar marihuana de esa manera tan descarada
e irresponsable. Puedo decir, con total certeza, que mi organismo ha sufrido algunos extraños cambios. Mi psique ha abierto su pecho y en su interior, las florestas, repletas de nervios, han sucumbido ante el delirio efímero de aquél efluvio que tú aspiras conmigo. Sus garras malsanas te abren la garganta, y en el interior exhalan su miasma, que parece llegar hasta tu estómago, haciéndolo estremecer, saturándolo para que el resto escape en un suspiro, en una sonrisa deforme, grotesca, exagerada que dibujas porque ya estás envuelto con su manto neblinoso. Entonces, ya no somos sino el reflejo de nuestra alegría, que girándola, como un prisma, escupe los colores que estallan al ritmo de nuestros colapsados pasos, torpes, cansados, perdidos, varados...
la corteza de mi cráneo se desprende, con un oreo el mundo vira.
sábado, 17 de abril de 2010
RrebohluciónT
Comencé, para darle fuerza al inicio de la palabra, poniéndole dos erres, luego pensé
que la letra uve era demasiado ambigüa, demasiado tibia como para formar parte de
aquella palabra, y entonces la cambié por una b, mucho más segura de sí misma. Me
di cuenta de que ya había avanzado bastante y decidí que debía detenerme un poco, así
que puse una h. Revolución contiene letras subversivas, revoltosas, tenía que aprisionarlas y
evitar que escapen, cerré con una, muy alta, t.
mis pinceles son mis teclas, mis colores las letras
viernes, 16 de abril de 2010
jueves, 15 de abril de 2010
Heroína
que tú inyectas en mi carne
el sol asustado huye
cuando eso entra en mi vena.
miércoles, 14 de abril de 2010
martes, 13 de abril de 2010
Mensaje 53
Nos volveremos a encontrar. TE AMO... Por siempre!
Recibido: viernes 05 de febrero del 2010
1:05 am
bah!
domingo, 11 de abril de 2010
United States and you know it
casi, casi
jueves, 8 de abril de 2010

Ella era una princesa
Reina de la carretera
el letrero del camino decía: llévanos a Madre
Nadie podría salvarla
Salvar el tigre ciego
El era un monstruo vestido de cuero negro
Ella era una princesa
Reina de la carretera
Ahora están casados
Ella es una buena chica
Desnudos como niños
En la pradera
Desnudos como niños
Completamente salvajes
Preparados para tener hijos
Volver a empezar
Volver a empezar
Chico americano
Chica americana
La gente más hermosa en el mundo
Hijo de un fronterizo
Remolino indio
Bailando a través del torbellino de la medianoche
Girando...
Sin forma...
Espero que esto dure un poco más de tiempo
¡Vámos!
miércoles, 7 de abril de 2010
Hipólita y Delfina

Que nuestras cortinas cerradas nos separen del mundo,
y que la lasitud nos traiga el reposo
quiero aniquilarme en tu pecho profundo
y encontrar en tu seno el frescor de los sepulcros.
Hipólita, cariño mio, ¿que dices de estas cosas?
¿entiendes ahora que no debes ofrecerle
el sagrado holocausto de tus primeras rosas
a los vientos violentos que podrian marchitarlas?
Hipólita ¡hermana mía! vuélveme tu rostro,
tú, mi alma y mi corazón, mi todo y mi mitad,
¡vuelve hacia mi tus ojos llenos de azul y de estrellas!
por tan solo una mirada, bálsamo divino,
de placeres mas oscuros levantaré los velos
y te adormeceré en un sueño sin fin.
martes, 6 de abril de 2010

Yo condeno al cristianismo, yo levanto contra la Iglesia cristiana la más terrible de todas las acusaciones que jamás acusador alguno ha tenido en su boca. Ella es para mí la más grande de todas las corrupciones imaginables, ella ha querido la última de las corrupciones posibles. Nada ha dejado la Iglesia cristiana de tocar con su corrupción, de todo valor ha hecho un no-valor, de toda verdad, una mentira, de toda honestidad, una bajeza de alma.
domingo, 4 de abril de 2010
Y, por último, existe la vagina que lo es todo y vamos a llamarla supervagina, pues no es de esta tierra, sino de ese país radiante a donde hace mucho nos invitaron a huir: el País de la Jodienda, que es donde vive el Padre Apis, el toro profético que se abrió paso a cornadas hasta el cielo y destronó a las deidades castradas del bien y el mal.
sábado, 3 de abril de 2010
viernes, 2 de abril de 2010
Manual de combate

dijeron que Céline era un nazi
dijeron que Pound era un fascista
dijeron que Hamsun era un nazi y un fascista.
pusieron a Dostoievsky frente a un pelotón
de fusilamiento
y mataron a Lorca
le dieron electroshocks a Hemingway
(y tu sabes que se pegó un tiro)
y echaron a Villon de la ciudad (París)
y Mayakovsky
desilusionado con el régimen
y luego de una pelea de enamorados,
bueno,
también se pegó un tiro.
Chatterton se tomó veneno de ratas
y funcionó
y algunos dicen que Malcom Lowry se murió
ahogado en su propio vómito
borracho.
Crane se tiró a las hélices
del barco o a los tiburones.
El sol de Harry Crosby era negro.
Berryman prefirió el puente.
Plath no encendió el horno.
Séneca se cortó las muñecas en la
bañera (la mejor manera es
en agua tibia)
Thomas y Behan se emborracharon
hasta morir y
hay muchos más.
¿y tu quieres ser
escritor?
es esa clase de guerra:
la creación mata,
muchos se vuelven locos,
algunos pierden el rumbo y
no lo pueden hacer
nunca más.
algunos pocos llegan a viejo.
algunos pocos hacen plata.
algunos se mueren de hambre (como Vallejo).
es esa clase de guerra:
bajas por todas partes.
está bien, adelante
hazlo
pero cuando te ataquen
por el lado que no ves
no me vengas con
remordimientos.
ahora me voy a fumar un cigarrillo
en la bañera
y luego me voy a ir a
dormir
jueves, 1 de abril de 2010
La Desgracia
Fermina, que gusta de escribir cartas a los hombres del mundo;
y , en especial, para tí.
Sofia Petrovna, esposa del notario Lubiánsev, una mujer joven y hermosa, de unos veinticinco años, paseaba lentamente por el cortafuego del bosque con el abogado Ilín, vecino suyo de veraneo. Eran algo más de las cuatro de la tarde. Sobre la franja talada se habían condensado unas nubes blancas, esponjosas; por debajo de ellas aparecían, aquí y allá, retazos de un cielo intensamente azul. Las nubes permanecían inmóviles, como prendidas en la cima de los altos y viejos pinos. No se movía una hoja, el aire era sofocante.
A lo lejos, la franja quedaba cortada por el pequeño terraplén de la línea del ferrocarril; en aquella ocasión andaba por allí, vaya saber por qué, un centinela armado con un fusil. Inmediatamente después del terraplén, se veía el blanco edificio de una iglesia de seis cúpulas con las planchas del tejado cubiertas de herrumbre...
-No esperaba encontrarle a usted aquí- decía Sofía Petrovna mirando al suelo y moviendo con la punta de la sombrilla las hojas del año anterior- pero ahora estoy contenta de haberle encontrado. Necesito hablar con usted seria y definitivamente. Se lo ruego, Iván Mijáilovich, si usted realmente me ama y me respeta, ¡ponga fin a sus persecuciones! Me sigue usted como una sombra, siempre me mira con ojos aviesos, me declara su amor, me escribe cartas extrañas y... ¡no sé cuándo va a terminar todo esto! Dígame, ¿a qué puede conducir? ¡Dios mío!
Ilín callaba. Sofia Petrovna dio todavía unos pasos y prosiguió: -Y este cambio brusco se ha producido en usted en unas dos o tres semanas, tras cinco años de conocernos. ¡No le reconozco, Iván Mijáilovich!
Sofia Petrovna miró de reojo a su acompañante. Él, entrecerrando los ojos, contemplaba atentamente las esponjosas nubes. La expresión de su rostro era iracunda, encaprichada y distraída, como la del hombre que sufre y, al mismo tiempo, se ve obligado a escuchar sandeces.
-¡Me sorprende que usted mismo no lo pueda comprender!- prosiguió Lubiántseva, encogiéndose de hombros-. Comprenda que está usted ideando un juego no muy bonito que digamos. Yo estoy casada, amo y respeto a mi marido... tengo una hija... ¿Es posible que para usted todo esto no cuente en absoluto? Además, como viejo amigo mío, conoce usted mi punto de vista sobre la familia... sobre los cimientos de la familia en general...
Ilín carraspeó con cierto despecho y suspiró.
-Los cimientos de la familia...- balbuceó-. ¡Oh, Dios!
-Sí, sí... Amo a mi marido, le respeto y, en cualquier caso, estimo la paz familiar. Antes me dejaré matar que ser la causa de la desgracia de Andréi y de su hija... Por el amor de Dios, se lo ruego, Iván Mijáilovich, déjeme en paz. Seamos, como antes, buenos amigos, acabe con todos estos suspiros y ayes que no le cuadran. ¡Decidido y zanjado! Ni una palabra más sobre el asunto. Hablemos de otra cosa.
Sofia Petrovna volvió a lanzar otra mirada de soslayo al rostro de Ilín. Él seguía mirando hacia lo alto, estaba pálido y se mordía, irritado, los trémulos labios. Lubiántseva no comprendía por qué se ponía furioso ni de qué se indignaba, pero su palidez la conmovió.
-No se enfade, seamos amigos...- dijo con ternura-.
¿De acuerdo? Aquí tiene mi mano.
Ilín tomó con sus dos manos la manita regordeta de ella y se la llevó, despacio, a los labios.
-No soy un colegial- balbuceó-. No me seduce en lo más mínimo la amistad con la mujer amada.
-¡Basta, basta¡ Decidido y zanjado. Hemos llegado al banco, sentémonos...
A Sofia Petrovna se le llenó el alma de una dulce sensación de tranquilidad: lo más difícil y vidrioso ya estaba dicho, la dolora cuestión estaba ya resuelta y terminada. Ahora ya podía ella respirar sin angustia y mirar a Ilín directamente a la cara. Le miró y un sentimiento egoísta de superioridad de la mujer amada sobre el enamorado le inundó el alma como una dulce caricia. Le agradaba que aquel hombre fuerte, un verdadero gigantón, de rostro viril y enojado, de gran barba negra, inteligente, culto y, según dicen, de talento, se hubiera sentado, obediente, a su lado y hubiera bajado la cabeza. Permanecieron dos o tres minutos sentados, en silencio.
-Todavía no hay nada resuelto ni zanjado...- empezó Ilín-. Usted me habla como si estuviera leyendo un librito de moral: "Amo y respeto a mi marido... los cimientos de la familia...". Todo esto lo sé sin usted, y aún puedo decirle más. Le digo con toda sinceridad y honradez que considero mi conducta delictiva e inmoral. ¿Qué más puede pedirse? Pero ¿a qué decir lo que de todos es sabido? En vez de soltar frases huecas, mejor sería que me explicara: ¿qué debo hacer?
-Ya se lo he dicho: ¡haga un viaje!
-Ya he salido cinco veces, usted lo sabe muy bien, y las cinco he vuelto a medio camino. Puedo mostrarle los billetes de los trenes directos, los conservo todos. ¡No tengo suficiente voluntad para huir de su lado! Lucho, lucho terriblemente, pero ¿para qué diablos sirvo yo, si carezco de temple, si soy débil y apocado? ¡No puedo luchar contra la naturaleza! ¿Comprende? ¡No puedo! Huyo de aquí , pero ella me retiene por los faldones. ¡Maldita , abominable impotencia!
Ilín se puso colorado, se levantó y hechó a andar junto al banco.
-¡Rabio como un perro!- refunfuñó, apretando los puños-. ¡Me odio, me desprecio! Dios mío, me arrastro, como un jovenzuelo depravado, tras una esposa ajena, escribo cartas idiotas, me humillo... ¡eh!
Ilín se agarró la cabeza, carraspeó y se sentó.
-Y encima, su falta de sinceridad!- prosiguió con amargura-. Si está usted contra mi juego, nada bonito, ¿por qué ha venido aquí? En mis cartas le pido solo una respuesta categórica y franca: sí o no. Y usted, en vez de darme una respuesta franca, ¡se las arregla todos los días para encontrarse "casualmente" conmigo y me suelta citas de un librito de moral!
Lubiántseva se asustó y se puso como la grana. Experimentó de pronto una desazón como la que sienten las mujeres honradas cuando alguien las sorprende desnudas.
-Diríase que tiene usted sospechas de que yo trame un juego...- balbuceó ella-. Yo siempre le he dado a usted una respuesta franca y... ¡y hoy le he suplicado!
-¡Bah! ¿Acaso se suplica, en estas cuestiones? Si de buen comienzo me hubiese dicho: "¡Largo de aquí!", haría tiempo que me habría largado, pero usted no me lo ha dicho. No me ha respondido francamente ni una sola vez. ¡Extraña indecisión! Como hay Dios, o está usted jugando conmigo o...
Ilín dejó la frase sin concluir y apoyó la cabeza en los puños. Sofia Petrovna empezó a rememorar su conducta, desde el comienzo hasta el fin. Recordó que todos aquellos días no solo de hecho, sino incluso en sus más recónditos pensamientos, se había rebelado contra el galanteo de Ilín. Reconocía, sin embargo, que en las palabras del abogado había una pizca de verdad. Pero no sabía cuál era esa verdad, y por más que pensara no supo qué decir a Ilín en respuesta a su queja. Callar resultaba incómodo, y dijo, encogiéndose de hombros:
-Encima seré yo la culpable.
-No la culpo por su falta de sinceridad- suspiró Ilín-. Se lo he dicho así porque se me ha ocurrido... Su falta de sinceridad es natural y está en el orden de las cosas. Si las personas se pusieran de acuerdo y se volvieran de pronto sinceras, todo se iría al diablo.
Sofía Petrovna no se sentía con muchos deseos de filosofar, pero se alegró de que se le presentara una oportunidad para variar de conversación.
-¿Por qué?- preguntó.
-Porque solo son sinceros los salvajes y los animales.
Dado que la civilización ha introducido en la vida la necesidad de algo tan cómodo como es, por ejemplo, la virtud de la mujer, la sinceridad está fuera de lugar...
Ilín, enojado, se puso a hurgar en la arena con el bastón. Lubiántseva le estaba escuchando sin comprender mucho de lo que él decía, pero la conversación le gustaba. Le gustaba en primer lugar, que un hombre de talento hablase con ella, una mujer como muchas, y que tratara de "problemas complicados", y, además, le proporcionaba una gran satisfacción observar los movimientos de aquel rostro joven, pálido, animoso y aún enfadado. Muchas cosas no las comprendía, y, sin embargo, para Libiántseva resultaba clara aquella hermosa valentía del hombre contemporáneo, la valentía con que él, sin titubear y sin turbarse en lo más mínimo, resolvía grandes problemas y establecía conclusiones definitivas.
De pronto la mujer se dió cuenta de que le estaba admirando y se asustó.
-Perdone, pero no le comprendo- se apresuró a decir-, ¿por qué se ha puesto a hablar de la falta de sinceridad? Se lo ruego una vez más: sea un buen amigo, de buen corazón, ¡déjeme en paz! ¡Se lo pido con toda sinceridad!
-Está bien ¡seguiré luchando!- suspiró Ilín-. Lo haré de buen grado... Pero difícilmente sacaré nada de mi lucha. O me meteré una bala en la frente o... me pondré a beber de la manera más estúpida. ¡Nada bueno me espera! Todo tiene sus límites, también los tiene la lucha contra la naturaleza. Dígame, ¿cómo se puede luchar contra la locura? Si uno bebe vino, ¿cómo logrará vencer la excitación? ¿Qué puedo hacer yo si su imagen se ha clavado en mi alma y se yergue de manera obsesiva antes mis ojos, día y noche, como ahora este pino? Bueno, explíqueme, ¿qué hazaña he de llevar a cabo para liberarme de ese estado abyecto y desdichado, cuando todos mis pensamientos, deseos y sueños no me pertenecen a mí, sino a cierto diablo que ha tomado posesión de mi ser? Yo la amo, la amo hasta el punto de haber salido de mis carriles, he abandonado mi trabajo y a mis amigos. ¡Me he olvidado de Dios! ¡En mi vida había amado así!
Sofia Petrovna, que no esperaba semejante viraje, inclinó el cuerpo, como alejándose de Ilín, y le miró, asustada, la cara. Vio las lágrimas apuntándole en los ojos, los labios trémulos, una expresión famélica y suplicante que se había derramado por todo el rostro.
-¡La amo!- balbuceaba él, acercando sus ojos a los grandes ojos asustados de ella-. ¡Es usted tan hermosa! Sufro, aunque le juro que me pasaría toda la vida sentado aquí, sufriendo y mirándola a los ojos. Pero... ¡cállese, se lo suplico!
Sofia Petrovna, como cogida por sorpresa, comenzó a pensar deprisa, muy deprisa, con qué palabras podría detener a Ilín. "¡Me iré!", decidió, pero no había tenido tiempo aún de iniciar un movimiento para levantarse, cuando Ilín se había hincado de rodillas a sus pies... Le abrazaba las piernas, la miraba a la cara y hablaba con pasión, con ardor, con elocuencia. El miedo y el vértigo impedían a Sofia Petrovna oír las palabras del hombre; no sabía por qué, en ese momento de peligro, cuando las rodillas se le doblaban agradablemente, como en un baño tibio, la mujer buscaba con cierta malignidad viperina un sentido a sus sensaciones. La ponía furiosa que todo su ser, en vez de alzarse con la protesta de la virtud, estuviera colmado de una sensación de impotencia, de pereza y de vacío, como le ocurre al borracho a quien nada le arredra. Solo en el fondo del alma cierto lejano pedacito se burlaba malignamente como diciendo: "¿Por qué no te vas? ¿Tiene que ser así, pues? ¿Sí?"
Buscando un sentido en sí misma, no comprendía por qué no había retirado la mano a la que Ilín se había pegado como una sanguijuela, ni a qué santo se apresuraba ella a mirar, al mismo tiempo que Ilín , a derecha e izquierda por si alguien estuviera observando. Pinos y nubes permanecían inmóviles y miraban severos, a la manera de los viejos preceptores, que ven la travesura, pero se comprometen, por dinero, a no denunciarla a la dirección. El centinela se había quedado plantado, como un poste, en el terraplén y, al parecer, miraba hacia el banco.
"!Que mire!", pensó Sofia Petrovna.
-Pero... pero ¡escúcheme!- articuló ella, por fin, con acento desesperado-. ¿A qué conducirá todo esto? ¿Qué sucederá después?
-No lo sé, no lo sé...- musitó él, agitando la mano como para liberarse de pensamientos desagradables.
Se oyó el silbido ronco y temblón de una locomotora. Este sonido frío y ajeno de la vida cotidiana sobresaltó a Lubiántseva.
-No tengo tiempo... ¡es hora!- dijo ella, levantándose rápidamente-. Llega el tren... ¡Viene Andréi! Ha de cenar.
Sofia Petrovna se volvió, con el rostro encendido, hacia el terraplén. Primero se arrastró despacio la locomotora, tras ella aparecieron los vagones. No era el tren de cercanías, como creía Lubiántseva, sino uno de carga. Los vagones, en largo rosario, como los días de la vida humana, se extendieron, uno tras otro, sobre el blanco fondo de la iglesia, ¡parecían no tener fin!
Pero he aquí que el tren terminó de pasar y el último vagón, con los faroles y el guardafrenos, desapareció tras el follaje. Sofia Petrovna dio bruscamente media vuelta y, sin mirar a Ilín retrocedió a toda prisa por el claro del bosque. Ya se había dominado. Roja de vergüenza, ofendida no por Ilín, sino por su propia falta de carácter, por la desvergüenza con que ella, una mujer virtuosa y honesta, había permitido que un extraño le abrazara las rodillas, no pensaba más que en llegar cuanto antes a su casa de veraneo, junto a su familia. El abogado apenas podía seguirla. Al dejar el claro doblando por un estrecho sendero, ella le hechó una mirada tan rápida que solo le vió las rodillas polvorientas, y le hizo un signo con la mano para que no la siguiera.
Ya en su casa, Sofia Petrovna permaneció unos cinco minutos inmóvil en su habitación, mirando ora la ventana ora su mesa de escribir...
-¡Infame!- se insultaba-. ¡Infame!
A despecho de sí misma, recordaba con todos los detalles, sin ocultar nada, que todos aquellos días se había opuesto a los galanteos de Ilín, pero se había sentido inclinada a ir a su encuentro para tener una explicación con él; más aún, cuando él se había arrodillado a sus pies, Sofia Petrovna había experimentado un placer insólito. Lo recordaba todo, sin compadecerse, y, muerta de vergüenza, ganas sentía de darse unas bofetadas.
"Pobre Andréi- pensaba, procurando imprimir en su rostro una expresión lo más tierna posible al recordar a su marido-. ¡Varia, mi pobre niñita, no sabe qué madre tiene! Perdónenme, queridos! Los quiero mucho... ¡mucho!"
Y, deseando probarse a sí misma que todavía era una buena esposa y una buena madre, que la corrupción aún no había atacado los "cimientos" de que había hablado a Ilín, Sofia Petrovna corrió a la cocina y se puso a gritarle a la cocinera por no haber preparado aún la mesa para Andréi Ilich. Se esforzaba en imaginarse el aspecto cansado y hambriento del marido, cómo le dirigiría en voz alta palabras de compasión y cómo le serviría con sus propias manos la cena, cosa que nunca hacía. Después fue a buscar a su hija Varia, la levantó en brazos y la abrazó con calor. La pequeña le parecía pesada y fría, pero no quería confesárselo, y se puso a explicarle cuán bueno, honesto y cariñoso era su papá.
En cambio, cuando poco después llegó Andréi Ilich, apenas le saludó. La oleada de sentimientos afectados se había desvanecido sin haberle demostrado nada; solo la había irritado y enfurecido por su falsedad. Sofia Petrovna estaba sentada junto a la ventana, sufría, se enojaba. Solo cuando los golpea la desgracia los hombres pueden comprender cuán difícil es dominar los propios sentimientos y pensamientos. Sofia Petrovna contaba, luego, que se había producido en ella "tal revoltijo, que le resultaba difícil entender algo como contar una bandada de gorriones en vuelo veloz". Al ver, por ejemplo, que no se alegraba de la llegada del marido, que no le gustaba la manera en que él se conducía en la mesa, llegó de súbito a la conclusión de que empezaba a odiarle.
Andréi Ilich, decaído por el hambre y la fatiga, atacó el salchichón, mientras esperaba que le sirvieran la sopa, y lo comió con avidez, masticando ruidosamente y moviendo las sienes.
"Dios mío- pensaba Sofia Petrovna- yo le amo y lo respeto, pero... ¿por qué mastica de manera tan repugnante?"
En sus pensamientos la confusión no era menor que en sus sentimientos. Lubiántseva, como todas las personas poco experimentadas en la lucha contra los pensamientos desagradables, se aplicaba con todas sus fuerzas a no pensar en su desventura, pero cuanto más celo ponía en su esfuerzo, tanto más nítida aparecía en su mente la imagen de Ilín, el polvo de sus rodillas, las esponjosas nubes, el tren...
"¿Por qué he ido hoy, estúpida de mí?", se atormentaba. "¿Es posible que no pueda fiarme de mí misma?"
El miedo tiene los ojos grandes. Cuando Andréi Ilich terminaba de comer su último plato, ella ya había tomado una firme decisión: ¡contárselo todo al marido y huir del peligro!
¡Andréi, he de hablar contigo seriamente- empezó a decir después de la cena, cuando su marido se quitaba la levita y las botas altas para echarse a descansar.
-Tú dirás.
-¡Vayámonos de aquí!
-Hum... ¿Adónde? Es pronto aún para volver a la ciudad.
-No, hagamos un viaje o algo por el estilo...
-Un viaje...- balbuceó el notario, desesperándose-. También yo sueño con esto, pero ¿de dónde saco el dinero y a quién confío el bufete?
Luego, tras reflexionar un poco, añadió:
-Realmente, te aburres. ¡Vete tú de viaje, si quieres!
Sofia Petrovna estuvo de acuerdo, pero enseguida pensó que Ilín se alegraría de la oportunidad, y que haría el viaje con ella, en el mismo tren, en el mismo vagón... Cavilaba y contemplaba a su esposo, ya harto, pero aún decaído. Sin saber por qué, detuvo su mirada en los pies de él, minúsculos, casi femeninos, enfundados en calcetines a rayas, de cuyas puntas sobresalían unos hilos...
Tras la cortina desplegada, zumbaba y se daba golpes contra el cristal un abejorro. Sofia Petrovna contemplaba los hilos, escuchaba el zumbido del insecto e imaginaba cómo haría el viaje... Ilín se queda sentado vis-à-vis día y noche, sin apartar de ella los ojos, enojado por su impotencia y pálido por dolores del alma. Se llama joven depravado, la regaña, se tira de los cabellos, pero, cuando se hace la oscuridad, aprovecha un momento en el que los pasajeros se adormecen o bajan en una estación, se hinca ante ella de rodillas y le abraza las piernas, como entonces, junto al banco...
Se dió cuenta de que estaba soñando...
-Escucha, ¡sola no me voy!- dijo ella-. ¡Tienes que hacer el viaje conmigo!
-¡Sófochka, deja de fantasear!- suspiró Lubiántsev-. Hay que ser serio y desear lo posible.
"¡Me acompañarás, cuando te enteres!", pensó Sofia Petrovna.
Decidida a hacer un viaje a toda costa, se sintió fuera de peligro. Poco a poco se ordenaron sus pensamientos, se puso de buen humor y hasta se permitió pensar en todo; como quiera que pienses, como quiera que sueñes, ¡es necesario partir! Mientras el marido dormía, fue oscureciendo... Sofia Petrovna estaba en el salón, tocando el piano. La animación vespertina que reinaba al otro lado de las ventanas, los sones de la música, pero, sobre todo, la idea de que era una mujer muy sensata y había sabido vencer al mal, acabaron alegrándola definitivamente. Otras mujeres en su lugar, le decía su conciencia tranquilizada, con toda probabilidad no habrían resistido, se habrían dejado arrastrar por el torbellino; ella en cambio, casi se muere de vergüenza, había sufrido y ahora escapaba de un peligro que, quizá, ni siquiera existía. La conmovía tanto su virtud y su decisión que hasta se contempló unas tres veces en el espejo.
Cuando ya había oscurecido, llegaron las visitas. Los hombres se retiraron al comedor para jugar a las cartas; las damas ocuparon el salón y la terraza. El último en presentarse fue Ilín. Estaba triste, sombrío, como enfermo. Se sentó en el extremo del diván y no se levantó de allí en toda la velada. Po lo común alegre y parlanchín, esa vez permanecía callado, fruncido el ceño, y se restregaba los ojos. Cuando se veía obligado a responder a una pregunta, sonreía con gran esfuerzo, solo con el labio superior, y respondía de manera entrecortada e iracunda. Unas cinco veces quiso decir agudezas, pero le salieron desabridas e impertinentes. Sofia Petrovna le creía próximo al histerismo. Solo ahora, sentada al piano, comprendió por primera vez que aquel desdichado no estaba para bromas, que tenía el alma enferma y no sabía donde meterse. Por ella aquel hombre echaba a perder los mejores días de su carrera y de su juventud, se gastaba el último dinero veraneando, había abandonado a su suerte a madre y hermanas, y, aún más importante, se consumía en atormentadora lucha consigo mismo. El más simple sentido de humanidad obligaba a tratarlo en serio...
De todo esto tenía Sofia Petrovna clara conciencia, hasta que le dolió el corazón, y, si en ese momento se hubiera acercado a Ilín y le hubiera dicho "¡no!", en su voz habría habido una fuerza a la que le resultaría difícil no doblegarse. Pero se le acercó, no dijo nada, ni siquiera pensó hacerlo... Al parecer, nunca la mezquindad y el egoísmo de su joven naturaleza se había manifestado con tanta fuerza como durante esa velada. Comprendía que Ilín era desdichado, que estaba en el diván como sentado sobre brasas. Ella sufría por él, pero, al mismo tiempo, la presencia del hombre, que la amaba hasta el tormento, llenaba su alma de un sentimiento de triunfo, de la sensación de su fuerza. Tenía conciencia de su propia juventud, de su hermosura, de su inexpugnable seguridad, y -¡había hecho bien al decidir partir!- dio rienda suelta a su voluntad en aquella velada. Coqueteaba, reía sin cesar, cantaba con especial sentimiento, llena de inspiración. Todo la alegraba, todo le resultaba cómico. Le daba risa recordar el episodio del banco y al centinela que observaba. Le parecían cómicos los invitados, las agudezas desabridas de Ilín, el alfiler que este llevaba en la corbata y que le veía por primera vez. El alfiler representaba una serpiente roja con ojitos de diamante. Tan cómico le parecía aquel alfiler, que habría estado dispuesta a besarlo.
Sofia Petrovna cantaba excitada, con entusiasmo desgarrador, unas romanzas que elegía- habríase dicho que escarbando en el dolor ajeno- tristes, melancólicas romanzas donde se hablaba de esperanzas perdidas, del pasado, de la vejez... "Y la vejez se acerca cada día más...", cantaba. Pero ¿qué le importaba a ella la vejez?
"Parece que me está ocurriendo algo poco encomiable...", pensaba de vez en cuando entre risas y canciones.
Las visitas se despidieron a medianoche. El último en irse fue Ilín. Sofia Petrovna tuvo aún arrestos suficientes para acompañarle hasta el último peldaño de la terraza. Sentía ganas de comunicarle que partiría con su marido y de ver qué efecto le producía la noticia.
La luna se había escondido tras las nubes, pero la claridad era suficiente para que Sofia Petrovna viera que el viento le sacudía a él los faldones del abrigo, y agitaba las cortinas de la terraza. Se distinguía, asimismo, cuán pálido estaba Ilín y cómo contraía el labio superior, esforzándose en sonreír.
-Sonia, Sónechka... ¡adorada mía!- balbuceó sin dejarla hablar-. ¡Hermosa mía!
En un arranque de ternura, con lágrimas en la voz, derramaba en sus oídos palabras acariciadoras, a cuál mas tierna, y la trataba de "tú", como si fuera su esposa o su amante. Inesperadamente para ella, él la abrazó de pronto, con una mano por el talle y con la otra le cogió el codo.
-Querida, encanto mío... -balbuceó, besándola en el cuello, cerca de la nuca-, sé sincera, ¡vente ahora conmigo!
Ella se desprendió del brazo y levantó la cabeza para dar rienda suelta a su indignación y enfurecerse, pero la indignación no apareció y toda su cacareada virtud y su pureza le bastó para decir una frase que en análogas circunstancias dicen todas las mujeres corrientes:
-¡Se ha vuelto usted loco!
-De verdad, ¡vámonos!- prosiguió Ilín-. Ahora, y también allí, junto al banco, me he convencido de que usted, Sonia, es tan incapaz de resistir como yo... ¡Tampoco a usted le espera nada bueno! Usted me ama y regatea infructuosamente con su conciencia...
Al ver que ella se alejaba, la agarró por la manga de encaje y acabó de decidir, a toda prisa:
-Si no es hoy, será mañana, pero ¡tendrá que ceder! ¿A qué viene, pues, esta dilación? Mi querida, mi adorada Sonia, la sentencia está dictada, ¿para qué aplazar su ejecución? ¿para qué engañarse a sí misma?
Sofia Petrovna se libró de él y se deslizó ligera por la puerta. De vuelta en el salón, cerró maquinalmente el piano, permaneció un buen rato contemplando la viñeta de un cuaderno de música y se sentó. No podía ni estar de pie, ni pensar... De todo su fuego y de su excitación no quedaba en ella más que una espantosa debilidad, con una sensación de pereza y de hastío. La conciencia le susurraba que durante aquella velada se había comportado mal, tontamente, como una jovencita alocada, que hacía un momento se había dejado abrazar en la terraza y que aún notaba un sensación de malestar en el talle y junto al codo. En el salón no había nadie, solo ardía una vela. Lubiántseva permanecía sentada en el taburete redondo, inmóvil ante el piano, como si esperara algo. Y como si se aprovechara de su extremo decaimiento y de la oscuridad, un deseo pesado, irresistible, empezó a apoderarse de ella. Como una boa, ese deseo le iba encadenando los miembros y el alma, iba creciendo a cada instante, y ya no le amenazaba, como antes, sino que se erguía ante ella claramente, en toda su desnudez.
Media hora estuvo así, sentada, sin moverse y sin poner traba a sus pensamientos sobre Ilín. Después se levantó perezosa y se dirigió al dormitorio, arrastrando los pies. Andréi Ilich ya se había acostado. Ella se sentó ante la ventana abierta y se abandonó al deseo. Ya no tenía "confusión" alguna en la cabeza, todos sus sentimientos y pensamientos se apretujaban acordes en torno a un objetivo claro. Aún intentó luchar, pero abandonó enseguida... Ahora comprendía cuán fuerte e implacable era el enemigo. Para luchar contra él se precisaba fuerza y energía, pero el nacimiento, la educación y la vida no le habían dado nada en que apoyarse. "¡Inmoral! ¡Infame!, se insultaba a sí misma por su impotencia. "Así eres tú, ¿eh?"
Hasta tal punto se indignaba ante esa impotencia su honestidad ofendida, que Sofia Petrovna se aplicó a sí misma cuantas palabras injuriosas conocía, se recriminó con palabras hirientes y humillantes. Se decía que nunca había sido honesta, que si no había caído antes, era porque no había tenido ocasión, que aquella lucha suya de todo el día no había sido más que una diversión y una comedia...
"Admitamos que he luchado- pensaba-, pero ¡qué lucha es esta! También las que se venden luchan antes de venderse, pero a pesar de todo se venden. Bonita lucha: ¡en un día ha cortado, como la leche! ¡En un día!"
Se convenció también de que no era el sentimiento lo que la arrastraba fuera de la casa, ni era la personalidad de Ilín, sino la curiosidad por las sensaciones que la esperaban... ¡Era una veraneante ávida de diversión, como tantas otras!
"A la ma-a-dre le mataron a un pollue-e-lo pequeñín", cantó alguien fuera con ronca voz de tenor.
"Si he de irme, ha llegado la hora", pensó Sofia Petrovna. De pronto el corazón se le puso a latir con espantosa fuerza.
-¡Andréi!- casi gritó-. Escucha, nosotros... iremos de viaje, ¿verdad?
-Sí... Ya te lo he dicho: ¡vete sola!
-Pero escucha... - articuló ella-, ¡si no vas conmigo, corres el riesgo de perderme! Me parece que yo... ¡estoy enamorada!
-¿De quién?- preguntó Andréi Ilich.
-¡Qué te importa a ti, de quién- gritó Sofia Petrovna.
Andréi Ilich se levantó, dejó colgar los pies al borde de la cama y miró sorprendido la ensombrecida figura de su mujer.
-¡Fantasías!- bostezó él.
No podía creerlo, pero, a pesar de todo, se asustó. Después de haber reflexionado un poco y de haber hecho algunas preguntas intrascendentes a su mujer, expuso sus opiniones acerca de la familia, de la infidelidad... Habló sin poner en ello el alma unos diez minutos y se acostó. Su sermón no tuvo éxito. ¡Son muchas las opiniones. ¡Son muchas las opiniones que se sostienen en este mundo y una buena mitad de ellas pertenecen a individuos que no se han encontrado nunca en situaciones difíciles!
Pese a lo avanzado de la hora, al otro lado de las ventanas aún había veraneantes. Sofia Petrovna se echó sobre los hombros una talma ligera, permaneció unos momentos de pie, cavilando... Aún tuvo valor para decir a su soñoliento marido:
-¿Duermes? Voy a dar una vuelta... ¿Me acompañas?
Era su última esperanza. Como no obtuvo respuesta, salió. Soplaba el viento, el aire era fresco. Ella no se daba cuenta del viento ni de la oscuridad, caminaba, caminaba... Una fuerza invencible la empujaba y parecía que, si ella se detuviera, algo le daría un empellón por la espalda.
-¡Inmoral!- balbuceaba maquinalmente-. ¡Infame!
Se ahogaba, se moría de vergüenza, no notaba dónde ponía los pies, pero lo que la empujaba hacia adelante era más fuerte que su vergüenza, que su razón, que su miedo...



