domingo, 4 de abril de 2010

Hay vaginas caníbales, que se abren de par en par como las mandíbulas de la ballena y te tragan vivo; hay también vaginas masoquistas, que se cierran como las ostras y tienen conchas duras y quizás una perla o dos dentro; hay vaginas telegráficas, que practican el código Morse y dejan la mente llena de puntos y rayas; hay vaginas políticas, que están saturadas de ideología y niegan hasta la menopausia; hay vaginas vegetativas, que no dan respuesta a no ser que los extirpes de raíz; hay vaginas religiosas, que huelen como los adventistas del Sétimo Día y están llenos de abalorios, gusanos, conchas de almeja, excremento de ovejas y, de vez en cuando, migas de pan; hay vaginas diversas, que se resisten a cualquier clasificación o descripción, con las que te tropiezas una sola vez en la vida y que te dejan mustio y marcado; hay vaginas hechas de pura alegría, que no tienen nombre ni antecedente y son las mejores de todas, pero, ¿adónde han ido a derramarse?

Y, por último, existe la vagina que lo es todo y vamos a llamarla supervagina, pues no es de esta tierra, sino de ese país radiante a donde hace mucho nos invitaron a huir: el País de la Jodienda, que es donde vive el Padre Apis, el toro profético que se abrió paso a cornadas hasta el cielo y destronó a las deidades castradas del bien y el mal.

4 comentarios:

  1. siempre pensé que la biología era puro romance.

    ResponderEliminar
  2. desde luego, y el amor pura química

    ResponderEliminar
  3. ja ja

    "por fin coincidimos en algo"...

    eso suena como si casi nunca coincidieramos en nada, no lo creo.

    es usted interesante, Fermina

    ResponderEliminar